jueves, 10 de mayo de 2012

Los programas sociales empobrecen

Ramón Parellada
A raíz de mi artículo Perpetuar la pobreza (Siglo.21 del 3 de mayo del 2012), en el que criticaba los programas sociales, en especial el de regalar fertilizantes, recibí una gran cantidad de comentarios que debo aclarar. Los comentarios de las personas que considero que genuinamente están preocupadas por la pobreza los resumo así: “Este es un país paupérrimo con una gran cantidad de gente, especialmente niños que sufren desnutrición. Es cierto que hay que enseñarles a pescar, pero mientras aprenden, hay que darles el pescado. Si llegan a tener una buena cosecha se alimentarán mejor por lo que el darles el fertilizante los va a ayudar. No sólo hay que dárselos sino que hay que asesorarlos, pero además que tengan árboles frutales y animales para alimentarse mejor”. La misma preocupación por los pobres y por la desnutrición es la que me hace seguir defendiendo que se terminen los programas sociales, ya que considero que desvían los escasos recursos que nos permitirían lograr crecimientos más acelerados y por ende una disminución de la pobreza. En el caso del fertilizante, el problema de regalarlo es que se condena a quien lo recibe a seguir en lo mismo. Ese dinero proviene de gente que produce riqueza y crea empleos. Al quitarle ese dinero coercitivamente, vía impuestos, a los que producen y generan empleos permanentes, estamos reduciendo la tasa de crecimiento de creación de riqueza, empleos y oportunidades con lo que condenamos al pobre campesino a ser pobre y vivir de una economía de subsistencia toda la vida. Otros podrían preguntar: ¿Por qué le dan fertilizantes y no semillas mejoradas, herbicidas u otros productos que permiten una mayor productividad? Hoy en día, los acolchados (“mulch” o películas plásticas especiales que cubren el suelo), evitan que salga mala hierba, hace que se consuma menos agua y químicos y generan un microclima que aumenta la productividad de las plantas mucho más que el fertilizante que le agregan. ¿Por qué no entonces le damos también acolchados plásticos? Y si yo produzco semillas mejoradas que son mejores, más resistentes a las enfermedades, a la sequía y a muchas otras adversidades naturales, ¿por qué darles sólo fertilizantes y no también estas semillas mejoradas? ¿Dónde trazo la línea entre lo que justifico como ayuda básica para el campesino y la que no lo es? ¡No les parece que hay una grave inconsistencia aquí? El problema principal es económico. Se nos olvida que todos los recursos son escasos y que cualquier uso que le asignemos deliberadamente a los mismos implica que dejaremos de recibir lo que producía antes. Se pierden oportunidades. ¿Quién puede afirmar a ciencia cierta que quitárselo a los que lo producen eficientemente y dárselo a los pobres como fertilizante u otro tipo de dádivas en verdad reduzca más la pobreza y sea mejor para todos? Se acaba de formalizar un nuevo ministerio, el de Desarrollo, y para comenzar están contratando 2 mil nuevos trabajadores. ¿Cuánto cuesta toda esta burocracia? ¿Cuál es el costo de oportunidad? ¿Por qué ese dinero no mejor se queda en las manos de quienes mejor saben crear la riqueza y generar oportunidades de trabajo para todos? Las políticas de redistribución de riqueza como lo es la de los fertilizantes tienen consecuencias no intencionadas que nos empobrecen. La mejor forma de ayudar a los pobres a superarse es permitiendo que puedan encontrar oportunidades de mejora de su nivel de vida. Esto sólo se logra si hay más inversión de capital, o sea, más máquinas y herramientas que incrementen la productividad. Los programas sociales son empobrecedores aunque aparentemente parecieran ayudar al pobre. No nos engañemos. Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día jueves 10 de mayo 2012.

No hay comentarios:

Publicar un comentario